jueves, 29 de septiembre de 2016
martes, 27 de septiembre de 2016
¿Permanencia de las 2 Españas?
El Gobierno sostiene que exhumar a los golpistas Mola y Sanjurjo es “pretender ganar la Guerra Civil 40 años después”
El ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, descalifica la aplicación de la Ley de Memoria Histórica en Navarra
El Ayuntamiento de Pamplona acordó clausurar el panteón del Monumento a los Caídos y entregar a sus familias los restos de los generales, protagonistas del golpe militar del 18 de julio de 1936
El ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, señaló, sobre la exhumación de los restos de Mola y Sanjurjo de la cripta del Monumento a los Caídos de Pamplona, que "lo que interesa a España y a los españoles, a Navarra y a los navarros, es mirar al futuro, no mirar aquello que nos divide, sino mirar aquello que nos une", según informó Europa Press.
Fernández Díaz, preguntado por los periodistas por la decisión adoptada por el Ayuntamiento de Pamplona, afirmó que ha seguido este debate con "interés" y recordó que fue ponente por parte del PP del debate de la ley de Memoria Histórica en el Congreso de los Diputados, por lo que, según dijo, "ese tema" lo conoce "bien".
"Repito lo que dije con ocasión de ese debate. La Constitución del 78 con razón fue llamada la Constitución del consenso, la Constitución de la concordia. Los constituyentes que venían de muy diversos lugares se pusieron de acuerdo en mirar hacia el futuro, en lugar de estar mirando hacia el pasado, buscar la reconciliación y, sobre todo, que no se volvieran a reproducir las circunstancias, las causas que llevaron a la tragedia y al drama de la Guerra Civil y posteriormente", resaltó.
Por ello, consideró que "hay algunos que pretenden ganar la Guerra Civil 40 años o no sé cuantos años después de haber terminado en el año 39" y defendió que "lo que interesa a España y a los españoles, a Navarra y a los navarros, es mirar al futuro".
"Eso es lo que pretendieron los constituyentes con gran altura de miras, eso es lo que pretendió la Constitución, y no que nos estemos echando unos a otros hechos dramáticos y tristes que sucedieron ya hace muchos años", sostuvo.
infoLibrePublicada 21/09/2016 a las 16:54Actualizada 22/09/2016 a las 00:38
jueves, 22 de septiembre de 2016
Cuestión catalana
Del 6 de octubre al 9 de noviembre
Como todos sabemos, Cataluña tiene de todo. Incluso un mito insurreccional, fraguado sobre la historia de un momento trágico y excepcional, en que tropas armadas a las órdenes del Gobierno catalán se enfrentaron breve pero cruentamente con tropas a las órdenes del Gobierno de la República Española. Fue en 1934, el 6 de octubre, cuando el presidente Lluís Companys proclamó el Estado Catalán de la República Federal Española desde el balcón de la Generalitat en la plaza de Sant Jaume.
La intentona duró apenas unas diez horas, que arrojaron un terrible balance, solo disminuido por las dimensiones de la carnicería que se avecinaba apenas a dos años vista con la Guerra Civil. Fueron 74 los muertos y 252 los heridos, entre cuatro y siete millares los detenidos, entre ellos el Gobierno catalán en pleno con su presidente a la cabeza, así como el alcalde de Barcelona, numerosos funcionarios, diputados, cargos públicos y dirigentes políticos y sindicales. La autonomía fue intervenida, el Parlamento quedó suspendido, fueron prohibidos los principales periódicos catalanistas, se reinstauró la censura sobre los otros y dos militares se hicieron cargo de la presidencia accidental de la Generalitat y de la comisaría de Orden Público.
La insurrección catalana fue un episodio más y no el más grave de una intentona revolucionaria de mayor alcance contra el Gobierno derechista surgido de las elecciones de 1933, que tuvo en Asturias su capítulo más cruento. Pretendía frenar el fascismo pero dio pie en cambio a una brutal regresión de la democracia y del autogobierno catalán de la que Cataluña apenas se recuperaría durante unos pocos meses, antes de caer en el caos y el desgobierno de la Guerra Civil.
Esta vez no es el balcón presidencial sino el parlamento donde se produce la proclama
Sobre las diferencias de circunstancias entre 1934 y hoy no hace falta extenderse, porque casi todo es distinto, la época y las sociedades. Esta vez no es el balcón presidencial sino el parlamento donde se produce la proclama o acontecimiento inicial. No hay ahora una proclamación unilateral de la independencia con pretensiones de efectos inmediatos, sino una declaración que anuncia la ruptura o desconexión diferida o a plazos con la legalidad constitucional y la desvinculación de la autoridad del Tribunal Constitucional. A diferencia de los violentos años 30, todo parece jugarse en los límites de la acción democrática y pacífica, en manifestaciones cívicas, en los medios de comunicación, en la actuación de los Gobiernos y los parlamentos o en los recursos a los tribunales. Aunque unos y otros pronuncian palabras graves y duras, más o menos eufemísticas, como desconexión, ruptura, insurgencia o rebelión, nada de momento sitúa la confrontación en el plano del uso de la fuerza. Y lo que menos lo permite es precisamente el contexto europeo, la desaparición de las fronteras y las soberanías compartidas —la disolución precisamente de la idea de independencia nacional— bien distinto al de la época de los nacionalismos agresivos, la escalada armamentística y los totalitarismos.
Pero también hay semejanzas. La mayor, probablemente la más insidiosa para la democracia y la que más se ha subrayado, es que se trata en ambos casos de una ruptura con la legalidad por parte de una institución surgida de la propia legalidad constitucional. En los dos casos se confía en la acción unilateral para modificar la relación con el resto de España, sin una negociación ni un acuerdo previo. Tal como han señalado algunos historiadores, Lluís Companys no pretendía la separación, sino repetir la jugada de Francesc Macià el 14 de abril de 1931, cuando proclamó la República Catalana dentro de la Federación de Repúblicas Ibéricas, adelantándose así a la proclamación de la República en Madrid por parte de Niceto Alcalá Zamora, para conseguir con ello una negociación posterior, que es la que desembocó en el Estatuto de 1932; nada muy distinto a lo que pretende ahora Artur Mas, que quiere forzar una negociación tirando millas en el camino de la independencia unilateral.
Lluís Bassets
El País 10-11-2015
Como todos sabemos, Cataluña tiene de todo. Incluso un mito insurreccional, fraguado sobre la historia de un momento trágico y excepcional, en que tropas armadas a las órdenes del Gobierno catalán se enfrentaron breve pero cruentamente con tropas a las órdenes del Gobierno de la República Española. Fue en 1934, el 6 de octubre, cuando el presidente Lluís Companys proclamó el Estado Catalán de la República Federal Española desde el balcón de la Generalitat en la plaza de Sant Jaume.
La intentona duró apenas unas diez horas, que arrojaron un terrible balance, solo disminuido por las dimensiones de la carnicería que se avecinaba apenas a dos años vista con la Guerra Civil. Fueron 74 los muertos y 252 los heridos, entre cuatro y siete millares los detenidos, entre ellos el Gobierno catalán en pleno con su presidente a la cabeza, así como el alcalde de Barcelona, numerosos funcionarios, diputados, cargos públicos y dirigentes políticos y sindicales. La autonomía fue intervenida, el Parlamento quedó suspendido, fueron prohibidos los principales periódicos catalanistas, se reinstauró la censura sobre los otros y dos militares se hicieron cargo de la presidencia accidental de la Generalitat y de la comisaría de Orden Público.
La insurrección catalana fue un episodio más y no el más grave de una intentona revolucionaria de mayor alcance contra el Gobierno derechista surgido de las elecciones de 1933, que tuvo en Asturias su capítulo más cruento. Pretendía frenar el fascismo pero dio pie en cambio a una brutal regresión de la democracia y del autogobierno catalán de la que Cataluña apenas se recuperaría durante unos pocos meses, antes de caer en el caos y el desgobierno de la Guerra Civil.
Esta vez no es el balcón presidencial sino el parlamento donde se produce la proclama
Sobre las diferencias de circunstancias entre 1934 y hoy no hace falta extenderse, porque casi todo es distinto, la época y las sociedades. Esta vez no es el balcón presidencial sino el parlamento donde se produce la proclama o acontecimiento inicial. No hay ahora una proclamación unilateral de la independencia con pretensiones de efectos inmediatos, sino una declaración que anuncia la ruptura o desconexión diferida o a plazos con la legalidad constitucional y la desvinculación de la autoridad del Tribunal Constitucional. A diferencia de los violentos años 30, todo parece jugarse en los límites de la acción democrática y pacífica, en manifestaciones cívicas, en los medios de comunicación, en la actuación de los Gobiernos y los parlamentos o en los recursos a los tribunales. Aunque unos y otros pronuncian palabras graves y duras, más o menos eufemísticas, como desconexión, ruptura, insurgencia o rebelión, nada de momento sitúa la confrontación en el plano del uso de la fuerza. Y lo que menos lo permite es precisamente el contexto europeo, la desaparición de las fronteras y las soberanías compartidas —la disolución precisamente de la idea de independencia nacional— bien distinto al de la época de los nacionalismos agresivos, la escalada armamentística y los totalitarismos.
Pero también hay semejanzas. La mayor, probablemente la más insidiosa para la democracia y la que más se ha subrayado, es que se trata en ambos casos de una ruptura con la legalidad por parte de una institución surgida de la propia legalidad constitucional. En los dos casos se confía en la acción unilateral para modificar la relación con el resto de España, sin una negociación ni un acuerdo previo. Tal como han señalado algunos historiadores, Lluís Companys no pretendía la separación, sino repetir la jugada de Francesc Macià el 14 de abril de 1931, cuando proclamó la República Catalana dentro de la Federación de Repúblicas Ibéricas, adelantándose así a la proclamación de la República en Madrid por parte de Niceto Alcalá Zamora, para conseguir con ello una negociación posterior, que es la que desembocó en el Estatuto de 1932; nada muy distinto a lo que pretende ahora Artur Mas, que quiere forzar una negociación tirando millas en el camino de la independencia unilateral.
Lluís Bassets
El País 10-11-2015
martes, 20 de septiembre de 2016
viernes, 16 de septiembre de 2016
citas de Fernando VII
Del Rey deseado al Rey felón
Era al hombre que todos querían como ReyTras la aprobación de la Constitución de Cádiz y con una guerra a punto de finalizar con la derrota de las tropas napoleónicas, todos los españoles ansiaban que Fernando el deseado llegara a España para ser proclamado Rey con arreglo a la mencionada Constitución.
“¡Vivan las cadenas!”.
Se remonta a 1814 y pertenece al pueblo, que en oposición al “¡Viva la libertad!”, quiso expresar su adhesión al rey Fernando VII (1784-1833), cuando éste estableció el poder absoluto, a su vuelta del destierro.
"Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional"
Fernando VII, que en 1820 fue obligado a jurar la Constitución de Cádiz, pronunció su famosa frase. El 1 de enero de 1820 el teniente coronel Rafael de Riego dio comienzo al Trienio Liberal, donde los liberales se impondrán en España.
“Los mismos perros con distinto collar”.
Frase de Fernando VII (1784 – 1833) al pasar revista a las tropas en 1823. Cuando los soldados se presentaron delante del rey, éste se sorprendió al ver que el nuevo ejército realista estaba formado por los mismos liberales del Trienio.
“Así se las ponían a Fernando VII”.
Los cortesanos de la camarilla del rey, cuando jugaban con él al billar le ponían las carambolas fáciles para hacerle creer que era un experto jugador y así tenerle contento.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
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